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Opinión de C. Salinas sobre la necesidad de una lengua común europea

A Europa no le faltan “lenguas”, no sólo hay por cada país, sino que suele haber varias en cada uno. La Comisión Europea se ha quejado de los gastos de traducción, y eso que no están “todos los que son”. Han surgido voces para reducir las lenguas de uso común. Unos han propuesto sólo tres: inglés, francés y alemán. Lo cual podría parecer una medida de pura eficacia… si no fuera porque da la casualidad que los franceses y los alemanes aparecen promoviendo el porno su lengua propia; y claro, no podían olvidarse del inglés por razones tan evidentes como incontestables.

Otros países, entre ellos España, han contraatacado sugiriendo que si de economías se trata, mejor dejar el inglés como idioma único, y de esta manera se favorece a un sólo país (en vez de a tres) y además la Comunidad Europea se sintoniza con el idioma más expandido en todo el orbe.

Personalmente me inclino por la segunda alternativa. Sin embargo no creo que sea la única, y probablemente a largo plazo habría otra que también aporta un valor digno de ser tenido en cuenta.

Elevo, desde aquí, mi propuesta en favor del “Latín”.

Sí, del latín, de esa lengua que los europeos tuvimos en común durante gran parte de la antigüedad, la Edad Media y el Renacimiento. Incluso en el siglo XVIII, no hace tanto, en muchas universidades europeas el latín seguía siendo el idioma de encuentro entre estudiosos de países muy alejados geográfica y culturalmente entre sí.

El latín es un idioma, que se remonta a nuestros orígenes como civilización y su estudio hasta hace muy pocos años era la norma en los colegios secundarios. Se estimaba, y con razón, que su conocimiento ayudaba a la comprensión de las lenguas nacionales. Esto parece haber pasado de moda; sin embargo la estrategia implícita sigue siendo válida. Cualquiera que haya trabado el más mínimo conocimiento, conoce de primera mano esa sensación de familiaridad y descubrimiento.

El latín podría ser, nuevamente, el idioma de los europeos, si se fuera introducido nuevamente en los programas de enseñanza no ya del secundario sino de la escuela primaria, y se pensara a largo plazo. No a una década sino a varias, para que el proceso fuese gradual y al crecer poco a poco fuera creando una masa crítica necesaria para que un idioma se desarrolle naturalmente.

Esta operación ya se ha hecho con lenguas locales que parecían condenadas a la extinción, y los efectos no han sido malos. Con mayor razón se podrían hacer para revivir una lengua europea que tiene honda raigambre y que, además, coloca en estricta igualdad a todos los habitantes de este continente; en la medida que ningún país ni ninguna región se ve particularmente favorecido.

Se podría empezar ¡como tantas cosas! por discutir esta posibilidad y por crear un estado de opinión propicio al experimento. Por otro lado la sugerencia de colocar carteles en latín en lugares públicos como aeropuertos, las grandes estaciones de trenes, barcos, etc. iría ayudando a divulgar y actualizar una lengua que tiene todos los títulos para ser considerada propia de Europa.

No me parece una propuesta descabellada, utópica, y además inútil. Todo lo contrario. Mientras tanto tendríamos el inglés como idioma común de trabajo, pero simultáneamente estaríamos creando las bases para otro idioma que puede identificarnos sobre todo en la cultura.

Revivir el latín será mucho más fácil de lo que puede suponerse a primera vista y me baso en el hecho de que nunca ha muerto realmente. Siempre ha estado en el imaginario europeo como parte de nuestro pasado porno; sólo falta pensar en ello para redescubrir que también puede, si queremos, acompañarnos en el futuro.